17 Apr
17Apr

    Dicen las malas lenguas que fallar en planear es planear para fallar; y tal vez tengan razón. No es una razón causal, por supuesto, sino una de esas “verdades” que andan flotando por el aire y que nos resultan tan obvias que afirmar lo contrario nos parece una imprudencia.

El problema con esto es que algunas veces esas obviedades terminan por no ser ciertas. Por ejemplo, parece tan obvio que “el utilizar una línea de vida en todo tipo de penetración es siempre necesario”, que ni siquiera nos cuestionamos la veracidad de esa afirmación con respecto a su aplicación en la próxima buceada que tenemos entre manos. Sin embargo los buceadores de naufragios sabemos que no es así; que en ciertas circunstancias el correr dicha línea nos agrega un riesgo de enredo extra, sobre todo en pasajes muy estrechos y con multiplicidad de obstáculos, y mas aún cuando estamos utilizando gruesa protección térmica, incluyendo guantes de neopreno de 5 o 7 mm, o guantes de lana debajo de guantes secos.
A este respecto, muchos buzos prefieren utilizar lo que se denomina penetraciones sucesivas. Esto es penetrar unos pocos metros o pies, lo suficiente para que la buceada valga la pena, pero al mismo tiempo solamente lo que nos permita hacernos un buen mapa mental del lugar, el que seamos capaces de recorrer a ciegas si la visibilidad desaparece por completo.
Se puede estar de acuerdo o no, puede gustarnos o no, pero lo que resulta innegable es que aquella afirmación incial sobre la linea de vida, que nos parecía tan acertada, ya no lo es tanto.

Sabemos la importancia de planear las buceadas y bucear lo planeado.
Tenemos ahora que asegurarnos de que el plan que acabemos siguiendo sea el correcto. En otras palabras, lo que necesitamos es el plan adecuado, no cualquier plan. Después de todo, seguir el plan equivocado puede llegar a ser peor que no seguir plan alguno. No tiene que serlo, pero puede.
¿Cómo saber si el plan a seguir es el adecuado o no? Bueno, la lógica, la coherencia, la aparente racionalidad que pueda llegar a mostrar en sus enunciados debe estar soportada por la evidencia empírica que las posibles consecuencias de sus errores amerite.
El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, dice una famosa frase de autoría bajo disputa, habitualmente atribuida a San Bernardo (Bernardo de Claraval o Bernard of Clairvaux). Debemos estar listos para reclamar pruebas que demuestren todo aquello que un plan bajo disputa afirme como verdadero. Y todo plan debería estar bajo disputa hasta que hayamos acumulado suficiente experiencia con sus partes medulares. Además, muchas veces somos nosotros mismos los que debemos aportarnos esas pruebas, y nos debemos a nosotros mismos el poder sacar las conclusiones adecuadas.

Los planes son entonces colecciones de partes a prueba. Algunas son instrucciones, otras son notas a tener en cuenta, algunas son advertencias, las menos son afirmaciones categóricas aplicables a la buceada en cuestión, y otras son decisiones a tomar sobre la marcha. Esta lista no es exhaustiva.
En el mundo real, el plan adecuado será aquel que formando parte de un proceso dinámico, mejorable, adaptable, incorpore la lógica y coherencia proposicional necesaria, puesta a prueba bajo la lupa de la experimentación como proceso retroalimentador de ajustes y cambios. Siempre es un trabajo en desarrollo.

Es muy difícil conciliar esta visión de plan activo, cambiante, con la implantación de un sistema o una metodología estricta que limite, por medio de una extrema supersimplificación, planteos y pruebas. La simple razón de “yo se más y te digo lo que debes hacer, siempre, sin tan siquiera pensar en la posibilidad de que mis afirmaciones no sean correctas” debería ser totalmente inaceptable para el buzo pensante, conscientemente responsable de su propio bienestar.